| Un encuentro continuo de gigantes, desde el más habitual hasta el más inesperado.
Todos lo hemos sentido alguna vez, esa inquietud mañanera que surge durante esos cinco minutos de mini desayuno y donde el café se ingiere tan rápido que nos quema la garganta. Casi todo buceador veterano conoce esta sensación, pero casi nadie es capaz de describir la idea de por qué uno siente cierto día, que algo muy especial va a suceder.
AL MAL TIEMPO...
Probablemente, lo más interesante acerca de mi “día de los días” es que nada de esto sucedió. En realidad, todo comenzó más bien a empeorar. La noche anterior, Jan Sledsens encargado del centro de buceo y Acker Bill dueño de Manta Ray Bay Resort en Yap, estaban reunidos frente al ordenador viendo la previsión del tiempo en Internet. Las miradas de preocupación en sus rostros lo decía todo: un tifón venía de la isla de Guam, al Norte, proveniente a su vez de Filipinas justo después de haber dejado Manila inundada y devastada. “Esto podría ser demasiado para los 56 km2 que forman Yap”, dijo Bill después de tomar un sorbo profundo de su jarra de cerveza. A la mañana siguiente, el paraíso tropical nos recibió con su cara más triste. Estaba lloviendo a mares y en vez de salir corriendo a bucear, todos parecían estar pegados a las tazas de café. Jan se encoge de hombros y dice: “Bueno chicos, vamos, los demás clientes esperan por sus mantas”. Las rayas gigantes son el placer y a la vez el dolor en Yap para muchos de los visitantes que vienen hasta la isla, tan sólo interesados en sus alfombras voladoras y que incluso hacen caso omiso de los tiburones, el arrecife de coral y todas las demás criaturas. Y para colmo, en los dos últimos días nadie vio mantas y todos los clientes presionaban al límite para poder ver a “sus” mantas.
TODOS A BUCEAR
Navegado por Goofnuw Channel el agua estaba tan verde y oscura después de tanta lluvia, que casi no podíamos encontrar la estación de limpieza en el centro de Valley of Rays. A pesar de que el agua estaba repleta de plancton, no había mantas en los alrededores. Y por supuesto pensé... ¿por qué no me habré quedado en la cama durmiendo? Un instante después, las cosas cambiaron. Impulsada por una fuerza invisible, una fuerte corriente proveniente desde el océano abierto, había limpiado el agua dejando una visibilidad de más de 20 m. Y con el agua azul y clara ¡sorpresa, sorpresa!... llegaron las mantas. ¡Una, dos, tres, cuatro…! Una por una se deslizaban sobre el fondo del canal rocoso y se levantaban hasta llegar a la estación de limpieza sobrevolando nuestras cabezas. Observando el patrón de las manchas en forma de V en el vientre de una de ellas, me di cuenta de que era Valerie, una de las mantas más “amigables” en Yap, y que tiene un hábito muy especial. Le gusta cernirse sobre las cabezas de los buceadores y en esta ocasión lo hizo sobre la de mi amigo, más y más hasta que básicamente se sentó en la parte superior de su cabeza. Lo que Valerie realmente busca son sus pequeñas burbujas de aire procedentes del regulador. Sin duda, si ella fuese un ser humano pasaría sus días metida en un jacuzzi. ¡Misión cumplida! Casi podía oír el suspiro de alivio que dio Jan, el encargado del centro de buceo. Además y para nuestra sorpresa, otras mantas se quedaron suspendidas casi inmóviles sin apenas mover la punta de sus aletas. De pronto, un montón de tiburones grises de arrecife se abrieron paso hasta el canal, por supuesto, no sin mirar desde cerca a los intrusos extranjeros. Algunos de los allí presentes tuvieron a los tiburones más cerca de lo que nunca hubiesen deseado…
SORPRESA EN SUPERFICIE
Noventa minutos después de inmersión, y habiendo finalmente cumplido nuestro objetivo, subimos al barco con los tanques casi vacíos. De repente, el segundo barco del centro se acerca al nuestro y nos da la gran noticia: “Chicos, hemos visto ¡un par de orcas! justo enfrente del canal principal”, nos dice el capitán Juan con una sonrisa tranquila como sugiriendo que “la película que acaba de ver” no fue tan mala. En un primer momento la gente lo tomó a broma. ¡Aaaah… por supuesto! Los delfines aquí en el trópico se llaman orcas ¿no, amigo mío? Él insistía riéndose. ¡Vamos a por ellas! Y otro dijo, sí, y después nos llevaréis a ver tiburones tigre, ¿no? Sin embargo, todos nos quedamos blancos cuando Juan nos mostró un vídeo en su teléfono móvil con una orca mirando con curiosidad en la proa del barco de buceo. Cinco minutos después, los planes para las inmersiones quedaron atrás, y que íbamos a salir con los motores rugiendo en busca de las orcas.
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